jeudi 23 novembre 2017

La divergencia del futuro


La divergencia del futuro
Las explicaciones que Darwin dio en su día sobre los procesos de adaptación y selección natural son insuficientes para dar cuenta de la complejidad del mundo actual, donde el peso de las rupturas y discontinuidades es esencial
https://elpais.com/elpais/2017/08/30/opinion/1504118222_357053.html


Cuando observamos la infinita diversidad de formas de vida que abundan en la flora y en la fauna, descubrimos cuán extraños, surrealistas, oscuros, imaginativos e incluso contradictorios son los fenómenos que se dan en la naturaleza. No hay que sorprenderse mucho si, entre todos los animales, son los hombres los que son capaces de tener las ideas más audaces para poder disponer del medio ambiente e, incluso, para modificar la evolución de su propia especie. La ética constituye así la mayor divergencia que tenemos para modificar nuestro destino. En términos universales puede parecer un detalle marginal, aun cuando lo llevemos con orgullo, pues es algo que no parece manifestarse en ninguna otra especie, ni en la naturaleza en general. De esta no estudiamos más que su evolución astrofísica, geológica y biológica, desde luego fabulosa pero amoral. Pero esa voluntad ética que consigue transformar nuestra evolución es una decisión exclusivamente humana, “antinatural” diría Darwin, pues protegemos a los débiles y ayudamos a los moribundos frente a la dura ley del más poderoso que domina la evolución. Asumimos el riesgo que deriva de nuestra empatía y solidaridad y tomamos el juego de cartas de la naturaleza para distribuirlo nosotros mismos con el objetivo de obtener, probando todas las combinaciones posibles, un estatus sobrenatural. Seremos dioses es el título de un libro mío.
No se puede explicar el genio creativo de Velázquez o de Don Quijote con la teoría darwinista de la selección natural. Tampoco el de Van Gogh o el de Antonin Artaud: su audacia los terminó aislando como artistas malditos y los condujo al asilo psiquiátrico y a la miseria. Tampoco se podría explicar la invención de la relatividad por Einstein o la de la mecánica cuántica por Niels Bohr. Y menos aún la emergencia de las tecnologías digitales. Los conceptos de Darwin no consiguen dar cuenta de estas innovaciones, que tienen una importancia evolutiva mayor para nuestra especie.
Resulta evidente que existe en la naturaleza, incluyendo en la naturaleza humana, un instinto de creación que procede por ruptura y que asume el riesgo de hacerlo así. Y, a pesar de que no es fácil demostrar su existencia, la afirmamos porque sus efectos son indudables. Las mayores ideas que han aparecido en la historia humana, son las que producen divergencias.
Protegemos a los débiles y ayudamos a los moribundos frente a la dura ley del más poderoso
El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, publicado en 1859, marcó una formidable ruptura —una divergencia— frente a las creencias que dominaban entonces Occidente, cuando el creacionismo bíblico constituía la teología oficial del cristianismo. Pero hecho este homenaje, conviene constatar también que esta teoría de la evolución por adaptación y selección natural, que sigue siendo fundamental para comprender la evolución de los reinos animales y vegetales, no permite explicar las rupturas que se producen en la evolución en general. La actual observación de la fauna y la floranos nos obliga a reconocer que las adaptaciones por la selección natural solo son un proceso secundario de las especies. Lo que Darwin puso magistralmente en evidencia ya no consigue explicar las divergencias radicales de las que proceden hoy la multitud de fenómenos existentes. Observamos tales diferencias, tales incompatibilidades, tales contrastes, incluso tales contradicciones, entre los medios de vida, los géneros y las especies que es impensable atribuir semejantes procesos de evolución a la ley de Darwin. Sabemos que el stress del medio ambiente crea aceleraciones evolutivas estimulando las mutaciones. Pero no se trata de la transmisión a posteriori de caracteres adquiridos —decisivos en esta infinita diversificación de las especies—, ni de la novedad de las mutaciones posibles por saltos y diferencias creadoras. Son esas divergencias las que llaman la atención de los biólogos. Hay en la naturaleza, desde ahora en adelante, una fuerza de creación que nada tiene que ver con un dios. Está inscrita en el potencial de la naturaleza como motor de vida; esta voluntad-mundo explora y vuelve a combinar sin límites el alfabeto de la vida para crear otros escenarios biológicos.
No podría dar obviamente una prueba científica de lo que yo afirmo. Pero una diversidad tan grande, por su propia existencia, favoreece la potencialidad de la divergencia de la naturaleza. La ley de la divergencia se toma hoy cada vez más en cuenta en la física; se impone también en biología y en las evoluciones sociales. El darwinismo estaba inscrito en el comportamiento lineal. Los procesos de divergencia se comportan en cambio como arabescos, como hemos constatado notablemente en las mutaciones virales y celulares que complican considerablemente las investigaciones de la medicina.
La evolución humana ha conocido numerosas repeticiones, adaptaciones y selecciones naturales
La evolución humana ha conocido numerosas repeticiones, adaptaciones y selecciones naturales. Se ha puesto en evidencia en el pasado que de la existencia de dos especies humanas, solo una ha sobrevivido. Pero sería muy difícil explicar el diferencial que ha crecido exponencialmente entre “nosotros” y las demás especies animales sólo por la selección natural y la transmisión de caracteres adquiridos. No cabe duda de que varias especies animales utilizan, como nosotros, herramientas a veces de manera asombrosa. El castor crea andamios sofisticados; las hormigas y las abejas, sociedades emprendedoras y trabajadoras; podríamos citar miles de ejemplos que contradicen la diferencia supuestamente radical entre el hombre y el animal, afirmada de manera errónea por tantos filósofos y antropólogos célebres, pero antropocentristas. En el caso concreto de la especie humana la divergencia es inevitable, permanente y espectacular. Y esta es desde ahora en adelante todo lo contrario de la ley darwiniana: el hombre que evoluciona en función de sus propios proyectos, sus saltos y rupturas, incluso sus locuras, crea su ecosistema y trasforma la tierra, hasta el punto de que los científicos hablan del Antropoceno para nombrar nuestra época.
El darwinismo no es falso; está científicamente demostrado, pero es insuficiente. Es un elemento parcial de explicación de la evolución. Frente a los actuales escenarios de la naturaleza, es necesario pasar de una ley de la adaptación a una ley de la divergencia, que no puede demostrarse desde la observación, pero que se impone a la vista del conjunto de las vías creativas y contradictoras que explora la naturaleza.
La divergencia no tiene que ver solo con las especies vivas. Se encuentra regularmente también en las leyes físicas de la naturaleza. Tomemos un ejemplo cotidiano: el paso del agua del estado líquido al estado gaseoso o sólido. Es fruto de variaciones de los lazos químicos entre las moléculas de agua, por discontinuidad, ruptura o divergencia.
La divergencia es una ley fundamental de la naturaleza mucho mas importante que la ley darwinista de la adaptación y selección natural.
Hervé Fischer es artista y filósofo. El Centro Pompidou de París ha clausurado hace poco una retrospectiva de su obra.


mardi 24 mars 2015

La nature est-elle numérique?


tweet art et photo, 2011-2015

Manifestement la métaphore actuelle de la nature est celle du numérisme, comme elle l'a été dans le passé celle des esprits, de la providence ou de la mécanique. Ces grandes métaphores cosmogoniques ont chacune leur temps. Elles se succèdent tout en persistant dans l'inconscient collectif des sociétés. La métaphore numérique n'est plus celle de la mère (la nature), ni du père (Dieu), mais celle des fils (l'Homme), qui prend en charge son interprétation, son instrumentalisation, mais aussi sa préservation écologique (dans les meilleurs cas...) 

samedi 7 juin 2014

Les formes construites de la sensibilité



Les "formes a priori de la sensibilité" énoncées par Kant dans "Le jugement esthétique" sont de inventions idéologiques propres à son temps. Il avait pris pour innée des structures de l'espace temps occidental classique, totalement inappropriées pour d'autres sociétés, d'autres cultures d'autres époques, qu'elles soient indigènes africaines, chinoise classiques ou aujourd'hui numériques. L'espace se dilue, le temps s'impose, les liens numériques imposent la sensibilité en arabesque, comme j'ai pu parler de la pensée en arabesque (La planète hyper, vlb, 2003).

jeudi 22 mai 2014

Les algorithmes de la nature


Nous interprétons désormais le monde non plus à partir du couple matière/énergie, mais selon des algorithmes, comme si l’univers et la vie étaient d’immenses hypertextes dont nous explorons les liens qui configurent des phénomènes, des lois, des dynamiques et des inerties.
Et dans cet ensemble qui nous englobe, tout est devenu information : des informations que nous déchiffrons, des informations que nous constituons et des informations que nous associons de façon inédite.
Pourquoi alors nous étonner encore des fleurs naturelles colorées artificiellement comme des cornets de crème glacée, des maquillages en tous genres, des lèvres noires ou violettes, des faux ongles, des faux cils, des perruques ou des faux seins. Nous fabriquons aussi bien du sérum et du sang artificiels, des os et de la peau de synthèse, des aortes et des cœurs en plastique, que des textiles en fibre de lait pour les gilets pare-balles, des alliages ultralégers et performants pour l’aéronautique. Nous manipulons les gènes, les chromosomes et les cellules souches. Avec la chirurgie esthétique un énorme marché est apparu, tant sont nombreuses les femmes qui se font remodeler le corps selon les critères esthétiques à la mode. Les opérations de cataracte consistent désormais à implanter des cristallins de plastique dans les yeux.  Nous prétendons ajouter dans les crèmes de beauté des nano particules de tout ce qui peut séduire les consommatrices, et que les prospectus publicitaires déclarent rajeunissants, bioénergétiques, en quelque sorte «magiques».
Le vivant, le réel et l’artificiel se déclinent désormais sans discontinuité, sans  frontière discernable, selon tous les algorithmes des industries militaires, agroalimentaires, manufacturières et culturelles que nous décidons de programmer. C’est ce que j’ai appelé le «nouveau naturalisme». Nous travaillons même dans les laboratoires à synthétiser la vie. Les mutations les plus emblématiques de cette hybridation entre ce que nous nommions il y a encore peu de temps «le réel» et opposions à «l’artificiel» sont certainement celles qui transforment le vivant. Elles transgressent des conceptions et des valeurs qui relevaient de croyances religieuses. Elles s’imposent rapidement, même s’il existe encore des sectes archaïsantes, telles que les Amish qui s’en tiennent à «la vielle nature» et interdisent même les bicyclettes, voire qui refusent les vaccinations et les médicaments industrialisés.
Nous pouvons alors qualifier de «nouvelle nature» cet arrimage étroit dans lequel les éléments dits artificiels, interventions, implants, ajouts, hybridations et synthèses prétendent s’intégrer en douceur à la nature dite originelle, comme une valeur ajoutée et non comme une négation.
Il existe aussi dans l’utopie technoscientifique actuelle une tendance à déclarer obsolète l’écosystème dit naturel, pour lui substituer une combinaison nouvelle, qui relèverait non plus du carbone, mais du silicium et de l’intelligence artificielle. Le cyborg en est la figure cinématographique. Mi chair mi artifice, ce successeur anthropologique de l’homme actuel, doté de nouveaux pouvoirs, nous ferait passer dans une ère totalement artificielle, où la valeur de l’authentique perdrait tout sens et toute réalité, si non pour désigner une lointaine période archaïque de l’évolution humaine.
Nous serions alors des êtres de synthèse dans un univers de synthèse. La «vieille nature» aurait disparu,  ou serait classée «réserve naturelle»,  comme dans «Le meilleur des mondes» d’Aldous Huxley, et peut-être gardée secrète, comme dans le film «Soleil vert» de Richard Fleischer, inspiré du roman éponyme de Harry Harrison (1974). Nous ne serions même plus «biodégradables», comme l’imagine encore le film éponyme du réalisateur de République dominicaine Juan Basanta (2013).
Nous devenons des dieux, ni meilleurs, ni pires que ceux de l'Olympe. Et c'est là une étape qu'il nous faudra dépasser, au niveau de l'éthique.